Hay escritores que disfrutan refiriendo anécdotas de otros escritores. El género siempre fue relativamente corriente y hoy día, gracias a Google, el número de anecdotarios de esa clase prolifera. Es una pena que a mí me aburra tal especialidad de cotilleo y no frecuente a este tipo de autores.

Fotos_bloque_blogPero siempre ha de haber una excepción. Mi amiga, la excelente pianista Menchu Mendizábal, me escribió diciendo que se había acordado de mí, varias veces, leyendo un libro y me hizo llegar unos párrafos frente a los que sentí, no sin cierto estremecimiento, que lo que allí se contaba podría haberlo escrito yo de principio a fin. Enseguida quise devorar el libro y ella generosamente me lo regaló.

Fotos_bloque_blog2Se trata de La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas de Simon Leys, que ha publicado, supongo que no hace mucho, Acantilado, una de mis editoriales favoritas. El capítulo del libro de donde sacaré las líneas que siguen se llama El imperio de lo feo y dice, entre otras cosas:

“…los verdaderos filisteos no son una gente incapaz de reconocer la belleza, pues claro que la reconocen y muy bien, la detectan al instante, y con un olfato tan infalible como el del esteta más sutil, pero es para poder caer inmediatamente sobre ella con el fin de ahogarla antes de que pueda entrar en su universal imperio de la fealdad. Pues la ignorancia, el oscurantismo, el mal gusto o la estupidez no son fruto de simples carencias, sino de otras tantas fuerzas activas, que se afirman furiosamente a la menor oportunidad, y no toleran ninguna excepción a su tiranía. El talento inspirado siempre es un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral. Más que la belleza artística, la belleza moral parece tener el don de exasperar a nuestra triste especie. La necesidad de rebajarlo todo a nuestro miserable nivel, de mancillar, burlarse y degradar todo cuanto nos domina por su esplendor es probablemente uno de los rasgos más desoladores de la naturaleza humana.”

Fotos_bloque_blog3Trabajaba en una editorial, cuyo nombre no diré, precisamente diseñando libros, y cada día mis jefes disfrutaban rebajando o vulgarizando o directamente suprimiendo mis mejores propuestas. Jamás lo entendí con tanta claridad como ahora, después de leer estas líneas.

Y lo peor es que vivimos en un mundo tan en descomposición que productos insultantemente feos han conseguido machacarnos también desde los cenáculos del llamado arte contemporáneo.

Fotos_bloque_blog4Gracias a mediocres que, haciendo la pelota a los políticos, ocupan el puesto de “curadores” –podrían llamarse “matadores” porque comúnmente nos matan de aburrimiento– operan en lugares como la Tate Modern o el Reina Sofía, sin ir más lejos, y utilizan artistas, tan papanatas como ellos, que siguen intentando perpetuar la plúmbea Academia de las Vanguardias. (Entre los vanguardistas el imperio lo feo llegó a alcanzar niveles espeluznantes, de una eficacia desoladora, de la que aún no nos hemos recuperado.)

Fotos_bloque_blog5Pero ya he dicho, al principio, que en todo ha de haber excepciones: he aquí que, justo a cien metros del terrorífico M.N.C.A.R.S., me encuentro en La Casa Encendida una exposición que se llama Metamorfosis. Allí, unos auténticos vanguardistas –dadaístas diría yo–, con los presupuestos de un surrealismo que creíamos casi extinto, consiguen, en muchos caso a base de fealdad pura y dura, transmitirnos una dosis notable de estética. Allí, la inocencia, la crueldad, la voluptuosidad, la magia y la locura están presentes con vitalidad extraordinaria. Allí, la belleza resucita a través de la fealdad y tal fenómeno nos conmueve como suelen hacerlo las verdaderas obras de arte… rara avis.

Fotos_bloque_blog6Los geniales Starewitch, Svankmajer y los hermanos Quay son cineastas, además de marionetistas, coleccionistas… Tal vez por eso han trabajado toda su vida al margen de esas academias de lo feo, que parecen haberse cebado más en la pintura y en la música que en otras artes.