De entre los muchos lugares comunes sin fundamento que pululan por nuestro desinformado mundo, acaso los más estúpidos que conozco se refieren al infeliz y atormentado Leonardo da Vinci (1452-1519), quien si levantara la cabeza seguramente se horrorizaría viendo lo que circula sobre él en miles y miles de páginas de internet, guías turísticas, catálogos de muestras de todas clases, mentirosas biografías, demenciales ensayos, delirantes novelas, y hasta un museo permanente en Milán, que envía exposiciones sobre sus pretendidos inventos a itinerar por el mundo. Todo ello construido sobre un individuo del que en realidad se sabe poquísimo y lo poco que se sabe es altamente contradictorio.

The Burlington House Cartoon, 1499-1500, National Gallery, Londres

The Burlington House Cartoon, 1499-1500, National Gallery, Londres

Me parte el alma ver colocado al inseguro y frágil Leonardo en la cúspide absoluta del cinquecento italiano, por encima de Botticelli (1455-1510), Rafael (1483-1520), Miguel Ángel (1475-1564), Tiziano (1485-1576)… considerándolo algo así como el superhombre del renacimiento, gran pintor, excelente escultor, inspirado arquitecto, músico preclaro, lúcido teórico, matemático excelso… y sobre todo inventor de cualquier cosa que se les ocurra.

Nada más alejado de la realidad de aquel sujeto atribulado y confuso, genialoide sí, visionario también, pero sobre todo caótico, atrabiliario y desordenado a un nivel patológico, que se pasó la vida persiguiendo imposibles, buscando en todos los campos del saber de su tiempo, para encontrar, al fin… poquísimo.

Cuando estudiaba la pila de documentación necesaria para escribir Dos años con Leonardo, novela que trata indirectamente sobre su estancia en Milán, en la corte sforzesca de Ludovico El Moro, hube de enterarme, no sin cierta consternación, de que, al parecer, detestaba pintar, se resistía a ello cuanto podía, probablemente porque le aburriera hacerlo. En verdad, solo dejó once cuadros auténticamente suyos, unos cuantos sin terminar y otros acabados por sus discípulos, que fueron pocos, o sus admiradores, que fueron legión, algunos como el brillante Bernardino Luini, más leonardesco que el propio Leonardo.

La virgen de las Rocas, 1491/2-9 y 1506-8, National Gallery, Londres

La virgen de las Rocas, 1491/2-9 y 1506-8, National Gallery, Londres

Naturalmente, el conflictivo artista, pese a su intratable renuencia a trabajar y su conducta excéntrica donde las haya, llegó a alcanzar en su tiempo una fama algo menos injustificada que en la del nuestro, sobre todo por influencia de los demás pintores, que lo admiraban, encontrándolo no solo original sino también inquietante y que dieron en imitarle al punto que acabó siendo, sin pretenderlo, el padre de una corriente algo frívola que, ya en pleno secento dio en llamarse manierismo y que florecería incluso en España y Francia, después de su muerte.

No obstante, ninguno de esos admiradores, contemporáneos suyos, se habría atrevido a compararlo con Botticelli, Rafael, Miguel Ángel, Tiziano…, cuyas respectivas obras eran colosales y contaban con muchos más retratos, para algunos incluso superiores al de Madonna Lisa o La dama del armiño, obras cumbre del quehacer del raro florentino.

Es curioso también que su célebre Tratado de la pintura, mil veces reeditado en los tres últimos siglos, sea un texto compuesto mucho después de su muerte por un avisado editor que reunió con cierto desorden, todo hay que decirlo, los trozos legibles sobre tal arte, dispersos por sus variados códices, o al menos eso se dice.

¿Entonces, se trata –pensará alguno- de un bluff turístico, inventado por los fecundos y bien humorados italianos? Todo es posible.

La virgen de las Rocas, detalle

La virgen de las Rocas, detalle

Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza, conocida como La dama del armiño, 1488-1490, Museo Czartoryski de Cracovia

Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza, conocida como La dama del armiño, 1488-1490, Museo Czartoryski de Cracovia

 

 

Una vez, mientras esperaba en una de las interminables colas del Louvre alguien me preguntó si sabía cuánto recaudaba este museo por los millones de personas que entraban exclusivamente para ver, y retratar, a la Mona Lisa. No supe qué contestarle y me lo he preguntado desde entonces.

Por supuesto, en nuestro aculturado mundo no hay nada imposible y cualquier mistificación llega a alcanzar cierto sentido. Pienso ahora que es posible que ni siquiera sea auténtico el retrato que en todas partes se exhibe y se vende por doquier. A mí me parece que no lo representa. Baste decir que en mi juventud no existía, no está firmado y no tiene el aire de una creación renacentista. Desde luego no es un autorretrato como pretende aparentar. ¿Será un deshecho del personaje para el mago de El señor de los anillos?

Para terminar quisiera dejar claro que también tengo la impresión de que el genial Leonardo fue un hombre honesto y auténtico, por encima y por debajo de sus extravagancias y aun del mito en el que le hemos convertido. Tan extraordinario y singular como errático y desequilibrado dejó, sin embargo, en el mundo un puñado de cuadros no solo bien pintados sino sorprendentes y magnéticos en extremo. También dejó un montón de incógnitas sobre su excéntrica personalidad completamente por resolver. Me gustaría invitaros a que lo conocierais mejor y, si os resultara preciso, me contradijerais. No habría nada que me gustara más pues, si hay alguien fascinado por ese otro Leonardo que se equivocó más que acertó, ese es quien escribe.